Inclusi—n de ni–os con Discapacidades en Programas
de Educaci—n Regular.
Dr. Stanley L. Swartz
Universidad Estatal de California.
Resumen
Se presentar‡ una propuesta para reforma en Educaci—n
Especial y la investigaci—n que apoya estos cambios. Se establecer‡ un
argumento para la inclusi—n de los ni–os con discapacidades en la educaci—n
regular utilizando los datos de la eficacia de las pr‡cticas actuales de la
educaci—n especial y la filosof’a de la integraci—n de los ni–os con
necesidades especiales.
Los educadores y psic—logos en los Estados Unidos
miran con orgullo lo que deber’a llamarse la era moderna de la educaci—n para
los ni–os con discapacidades, en los logros de lo que se precipit— por el paso
del Acta de Educaci—n para Todos los Ni–os Minusv‡lidos en 1975. Esta era la
primera vez que se ped’a a los distritos escolares que dieran servicios
relacionados con la educaci—n especial, del gasto pœblico para todos los ni–os
con discapacidades. Desde que esta ley pas—, se ha logrado mucho por los ni–os
con discapacidades. Antes de esta ley, muchos ni–os con discapacidades no
hab’an visto nunca el interior de una escuela pœblica. Todos los servicios
disponibles eran organizados y financiados por la preocupaci—n de los padres.
Muchos ni–os fueron recluidos en instituciones y recibieron pocos o ningœn
servicio apropiado. Los ni–os con discapacidades que lograron asistir a la
escuela pœblica eran tratados como enfermos, excluidos de una variedad de
oportunidades de aprendizaje, se les daban materiales instruccionales e
instalaciones inferiores y les ense–aban maestros poco calificados. En esta
situaci—n lleg— una ley que regulaba el servicio para todos los ni–os con
discapacidades. La palabra operativa era obviamente TODOS. Ningœn ni–o,
independientemente de la severidad de su discapacidad, podr’a ser excluido de
una educaci—n pœblica gratuita y apropiada (Swartz, 1978).
Esta ley fue el principio de un movimiento de derechos
civiles muy grande que puede decirse que ayud— a definir el clima pol’tico que
existe en los E.U. hoy en d’a. Los individuos con discapacidades se unieron a
otros grupos que disfrutaban de protecciones legales especiales (por
ejemplo, grupos raciales
minoritarios, mujeres, etc.). Sugerir que se hubiera desarrollado
educaci—n especial para
este grupo de ni–os tan grande y diverso era imposible. Aœn as’ estamos aqu’
aproximadamente 20 a–os despuŽs con una gama de programas y servicios y uno de los sistemas m‡s
sofisticados que se han ofrecido nunca en las escuelas pœblicas. Cada d’a, millones
de ni–os con discapacidades son llevados a la escuela, utilizan materiales
instruccionales especialmente dise–ados, reciben programas
individualizados, en instalaciones
especialmente dise–adas o modificadas y con personal altamente calificado.
Estos logros son muy importantes y los educadores
especiales deber’an valorar el rol que han jugado en este Žxito. Aun as’ y
enfrente de estos logros reales, ha habido una verdadera tormenta. Todos nos
damos cuenta y nos hemos dado cuenta por algœn tiempo, de que existe un nœmero
de aspectos fundamentales acerca de este sistema de educaci—n especial que
hemos dise–ado y la efectividad que ha probado tener. No deber’a sorprendernos
el hecho de que un sistema tan complejo necesitar’a revisiones y que hemos ganado la experiencia y
tenido la oportunidad de revisar sus resultados. Lo que ha sido una sorpresa es
que nos ha tomado tanto tiempo comenzar a cambiar y que existe aœn mucha
resistencia que vencer. No se trata de que no tengamos evidencia de los logros.
La tenemos. La literatura de investigaci—n sugiere la necesidad de reevaluar
algunas de las premisas b‡sicas de la educaci—n especial, la estructura y la
pr‡ctica que se han acumulado por a–os.
La necesidad de una reforma no surgi— de la nada. Era,
desde diversos puntos de vista, adecuados o no, la ideas de que algo estaba mal
con la forma como las escuelas pœblicas proporcionaban sus servicios a los
ni–os con discapacidades. Existe una variedad de factores que han sugerido la
necesidad de la reforma a la educaci—n especial, algo que originalmente se empez— a llamar la iniciativa de la
educaci—n regular (Will, 1986) pero que ha sido llamada la reestructuraci—n de
la educaci—n especial. Los esfuerzos para incluir a los ni–os con necesidades
especiales en la educaci—n especial tambiŽn se han llamado integraci—n,
inclusi—n o inclusi—n total .
Numerosos esfuerzos importantes se han hecho desde una
variedad de perspectivas sobre quienes requieren educaci—n especial (Lipsky
& Gartner, 1987; Reynolds, Wang & Walberg, 1987; Stainback &
Stainback, 1984). Sin embargo todos estos an‡lisis se han centrado en los
problemas, no en si hay problemas o no. El resumen de estos art’culos est‡
dise–ado para ilustrar, se supone que son representativos, y se espera que pueden ayudar a
identificar los aspectos m‡s importantes que necesitan nuestra atenci—n.
1. Hemos demostrado que nuestro sistema de evaluaci—n
no produce mejores resultados que el azar (Ysseldyke et al., 1983). Continuamos
identificando a los ni–os como minusv‡lidos utilizando pruebas y procedimientos
en los que los examinadores profesionales no conf’an y que son incapaces de
predecir las necesidades educativas, que es el œnico prop—sito leg’timo que
esta clase de pruebas podr’a tener. Los alumnos con caracter’sticas similares
parecen calificar para programas diferentes, dependiendo de donde residan y
como sean evaluados (Gartner & Lispsky, 1987). Se puede literalmente
cambiar su discapacidad si se muda de un distrito escolar a otro.
2. El crecimiento en algunos tipos de discapacidad se
ha convertido m‡s una funci—n de la presi—n pol’tica y profesional que de las
caracter’sticas y necesidades de algunos estudiantes. (Algozzine & Korinek,
1985). En algunos casos, la categor’a
de dificultades para el
aprendizaje creci— m‡s del
119% de todos los ni–os normales que podr’an calificarse dentro de esta
categor’a utilizando las variedad de definiciones vigentes (Ysseldike,
1987). Muchos de los ni–os que son
ni–os con necesidades especiales y que literalmente est‡n suplicando para ser
atendidos, las poblaciones llamadas en riesgo, son las que no caben en ninguna
de nuestras categor’as. En algunos casos, tratamos de forzar a los ni–os en las
categor’as que ya existen, y muchos, desafortunadamente ,no reciben ninguna
atenci—n.
3. Nuestros esfuerzos de inclusi—n afectan a cerca del
5% de los ni–os en la categor’a de leves a moderados, este es un intento que deber’a crecer (Sansone &
Zigmond, 1986). Aunque este nœmero se sigue incrementando, en parte por los
cambios en la ley que aparecen en la versi—n actualizada (Acta de Educaci—n de
los Individuos con Discapacidades), el esfuerzo es inadecuado. Ahora sabemos
que la inclusi—n sin el apoyo de los maestros de educaci—n regular, es
inœtil pero tampoco ser’a una
opci—n voluntaria. Se deber’a pedir
a los maestros de educaci—n regular que hicieran lo que es apropiado, no deber’amos tener que ir con ellos con el sombrero en la
mano y pedirles o suplicarles que
tomen a los ni–os con discapacidades en su sal—n. Un art’culo completado en
1978 llamado el Caso en Contra de la Inclusi—n no era una oposici—n a la
integraci—n sino que hablaba de la preocupaci—n de comenzar este proceso sin la preparaci—n de los maestros
regulares (Swartz, 1978). El trabajo elaborado sugiere que hemos progresado
poco en nuestros esfuerzos por capacitar a los maestros regulares para trabajar
con ni–os con necesidades especiales
(Swartz & Hidalgo, 1991). Aœn m‡s, no se hab’a visto en ese tiempo lo que se ha convertido en un rechazo
literal por parte de muchos maestros regulares para participar en este proceso.
Pero no necesitamos una regla nueva aqu’. Yo pienso que la que tenemos es m‡s
que adecuada. El requerimiento de proveer a los ni–os con educaci—n en un
ambiente lo menos restrictivo significa que los ni–os son retirados de la educaci—n regular solo cuando sus
necesidades no pueden atenderse en este ambiente. Ciertamente ninguno de
nosotros creemos que estamos aplicando este principio de ninguna manera en la
actualidad. Muchas de las decisiones de colocaci—n que hacemos tienen poco que
ver con las necesidades educativas de los ni–os. Lo sabemos, y lo
ignoramos porque hace nuestra vida
m‡s f‡cil.
4. El financiamiento para educaci—n especial tambiŽn
es un ‡rea de preocupaci—n. Es una posici—n casi universal que las escuelas
pœblicas no tengan suficiente financiamiento. La creencia de que la educaci—n
especial absorbe este dinero tiene
evidencia considerable. Es probable que un aumento en la integraci—n de ni–os
con discapacidades disminuir’a el alcance del financiamiento aœn m‡s. Sin embargo, esta situaci—n no
representa una raz—n leg’tima para excluir a los ni–os con discapacidades de
los programas y servicios apoyados por el gobierno. El asunto de la justicia y
acceso igual es un factor que supera la decisi—n de desarrollar equidad para
los ni–os con discapacidades. Un segundo aspecto de financiamiento es que mucho
del financiamiento para la educaci—n especial est‡ considerado para colocar a
los ni–os en categor’as. La sobreidentificaci—n de algunas discapacidades
parece estar directamente relacionada con la manera como se proporciona el
financiamiento. Un tercer problema de financiamiento es que se destina poco dinero a programas de prevenci—n. Nos
limitamos a proveer intervenci—n y
servicios remediales despues de que la discapacidad se hace evidente. Esto
puede, en algunos casos, colocarnos en la posici—n de esperar que un ni–o
muestre algœn retraso. Mucha de nuestra investigaci—n en intervenci—n temprana
sugiere que el costo/beneficio es un aspecto que se tiene que decidir (Swartz,
1995; Swartz & Klein, 1997).
5. El tipo de participaci—n de los padres que se tiene
en el sistema educativo los confunde (Guess, Benson & Siegel-Causey,
1985) e ignora sus capacidades
(Turnbull & Turnbull, 1985). A pesar de que hablamos del hecho de que
queremos que los padres se involucren y que mucho de nuestro Žxito final reside
en su voluntad para apoyar nuestros esfuerzos, no siempre es claro que nuestros
intentos por involucrar a los padres sean genuinos. Lo que queremos es que los
padres asistan a nuestras reuniones de planeaci—n. Lo que queremos son padres
que respondan a nuestras necesidades. La falta de apoyo de los padres es una de
las excusas f‡ciles para la falta de Žxito de un ni–o.
Un padre involucrado que quiera sentarse en la clase y
observar lo que el maestro hace, un padre que tenga sugerencias reales que
hacer para las reuniones de planeaci—n, uno que sea agresivo o quiz‡ hasta
hostil es otra cosa. Este es un nivel de involucramiento que los profesionales
no quieren.
6. La situaci—n m‡s cr’tica es con respecto a los datos de los
resultados de nuestros alumnos. Tenemos evidencia que sugiere categ—ricamente
que mucho de lo que hacemos en educaci—n especial no ayuda m‡s que si dej‡ramos
a los ni–os con discapacidades en un sal—n regular y no les diŽramos ningœn
servicio especial (Carlberg &
Kavale, 1980). Estos datos no son nuevos. Lo que es sorprendente es que
seamos tan lentos para actuar con esta evidencia. Es muy dif’cil para los
profesionales decir que despues de m‡s de 20 a–os, lo que hemos hecho no ha
sido muy œtil. Este es una idea que molesta. Al mismo tiempo ser’a peor pensar
que continuaremos cometiendo estos errores de nuevo en lugar de comenzar el
proceso de hacer los cambios necesarios y reestructurar la forma de
proporcionar los servicios a los ni–os con discapacidades. No debemos continuar haciendo lo que
hacemos, ni como lo hacemos ni un d’a m‡s. No estamos seguros en este momento
de que estemos operando en el est‡ndar de los mŽdicos, es decir, en primer
lugar, no hacer da–o.
Nuestras historias exitosas en educaci—n especial son
pocas y muy aisladas (Gartner
& Lipsky, 1992). Ni siquiera utilizamos los resultados con los alumnos como
una medida de nuestro Žxito. En
cambio, juzgamos nuestros esfuerzos
como el cumplimiento con
una obligaci—n. ÀSeguimos las diversas leyes, reglas y regulaciones que
gobiernan nuestros servicios? QuŽ tan conveniente es que evitemos el escrutinio
en los resultados de lo que hacemos y como nuestros programas afectan la vida
de los ni–os. La premisa b‡sica de la educaci—n especial es que los estudiantes
con dŽficits se beneficiar‡n de un cuerpo œnico de conocimiento y de grupos m‡s
peque–os con maestros especialmente entrenados con materiales especiales. Sin embargo,
no hay evidencia de que los programas de segregaci—n de la educaci—n especial
tengan beneficios significativos para los alumnos. Al contrario, hay evidencia
fuerte y creciente de que esto va en la direcci—n opuesta (Lipsky &
Gartner, 1987).
Encontramos que m‡s del 47% de los ni–os con
discapacidades moderadas dejan la escuela a los 16 a–os de edad (DŽcimo Reporte
Anual, 1989). En tŽrminos de su vida despuŽs de la escuela, los estudios
indican que un porcentaje importante de los estudiantes con una etiqueta de
discapacidad est‡n desempleados, viven en casa y tienen pocos amigos. Menos de
la mitad de los estudiantes que han estado fuera de la escuela por un a–o o
m‡s, han encontrado un empleo remunerado y entre estos, menos del 30% tienen
trabajo de tiempo completo. Aœn
m‡s preocupante es el reporte de que menos de un tercio de los j—venes con
discapacidades que han estado fuera de la escuela por m‡s de un a–o no han
tenido ninguna actividad productiva durante ese a–o (Shaver & Wagner,
1989). Esto suena mal pero es verdaderamente peor cuando descubrimos que la
definici—n de actividad productiva incluy—: no tomar ningœn curso despues de la
secundaria; no trabajar por un sueldo de tiempo completo o medio turno, ni
siquiera en ambientes protegidos; no involucrarse en un trabajo voluntario o sin pago; no recibir capacitaci—n
para el trabajo; o si es mujer no casarse o criar ni–os. En resumen,
descubrimos que no involucrarse en actividades productivas se traduce en no
hacer nada. Un nœmero muy grande de j—venes con discapacidades que no han
completado los programas de educaci—n especial no est‡n haciendo nada. Esto no
es un reporte muy halagador de nuestro Žxito. Esta clase de datos no apoya el status quo. Al contrario, es
evidencia amplia de la necesidad de una reforma. Si no podemos demostrar la
eficacia de nuestra estructura es claro para m’ que necesitamos replantear el
sistema y reestructurar la forma de ofrecer los servicios para la amplia
variedad de ni–os con necesidades especiales.
Ser’a œtil ver los diversos aspectos de la presi—n
de la escuela para una
reforma y lo que podr’a significar educaci—n especial. Se ha sugerido
que el movimiento moderno de reforma de la escuela ha venido por olas (Lipsky
& Gartner, 1992). Cada una de estas olas ha sido parte del panorama
pol’tico del momento. Deber’an llamarse generaciones de reforma porque han
evolucionado una de la otra y nunca se han completado y los elementos de una
generaci—n pueden encontrarse en la siguiente. Siempre hay un residuo de cada
esfuerzo de reforma que se deja atr‡s y continœa influyendo mucho despues de
que la reforma ha sido abandonada.
La primera generaci—n de reforma de la escuela se enfoc— en una variedad de factores
externos. Se suger’a que los est‡ndares fueran m‡s altos en cuanto a las pruebas de competencia m’nima o a
los logros requeridos por nivel para cada grado. Estos son ejemplos de factores
externos que frecuentemente los padres proponen y que invariablemente
encuentran o’dos en los medios de
comunicaci—n. El foco externo implic— que lo que estuviera incorrecto podr’a
corregirse situando un est‡ndar nuevo o desarrollando una pol’tica o
requerimiento diferente.
La segunda generaci—n de reforma fue la que habla de los roles de los adultos como
su foco principal. Se han centrado esfuerzos en aspectos tales como fortalecer
a los maestros, el permitir a las escuelas que se administren por ellas mismas, y aœn el hecho de la elecci—n de los
padres acerca de la escuela a la que quisieran que su ni–o fuera. Para ser
justos, debe reconocerse que estas reformas resultaron provechosas en el logro
de los alumnos, al menos de los alumnos regulares, y han impactado
positivamente la opini—n pœblica. Aœn se est‡ dejando algo sin hacer en todo
esto. El mayor dŽficit en estas reformas, los esfuerzos que no se han hecho en
Una Naci—n en Riesgo (1983) es que
ninguno de estos reportes consideran la necesidad de los ni–os con
discapacidades. O se ignoraban o se subestimaba su importancia en el esquema de
las cosas. Muchos no est‡n de acuerdo con esta perspectiva y creen que esa
generaci—n de reformas fracasar‡ por esta raz—n, no se da suficiente
importancia a todos los ni–os y a sus necesidades.
Muchos de nosotros rechazar’a la reforma de cuidados
de salud que se enfocara œnicamente en los doctores y los hospitales. Esperamos
que el foco estuviera en el paciente o en los que requieren servicios mŽdicos.
De igual manera, la reforma de nuestro sistema de justicia que se enfocara en
jueces y abogados ser’a rechazada por el pœblico. El problema con estas dos es
que esperamos que la preocupaci—n o el foco estŽ en quienes van a recibir los
beneficios de estos sistemas. Lo mismo, por supuesto, se esperar’a de la
reforma en la escuela. No podemos enfocarnos en los roles de los maestros u
otros adultos, debemos enfocarnos en los ni–os como el centro de nuestras
reformas.
El error fundamental en lo que estamos haciendo en
educaci—n especial es basarnos en la premisa de que existen dos clases de ni–os
o aprendices (Stainback, Stainback & Brunch, 1989). Los que son aprendices
normales y que requieren educaci—n regular y los que son anormales o discapacitados y requieren educaci—n
especial. Esta dicotom’a es falsa y nos ha llevado al presente sistema de
educaci—n segregada en la que los normales y los llamados anormales est‡n
juntos solamente en circunstancias especiales y muy controladas. Este sistema
de educaci—n dual ha probado ser inapropiado y est‡ dejando a la pr‡ctica de
exclusi—n como la œnica soluci—n para nuestro problema y como una respuesta que
se espera sea exitosa. Debemos desarrollar un œnico sistema de educaci—n que se
ha dise–ado para acomodar a todos
los aprendices. Aœn estos aprendices representan un continuo de fortalezas y
debilidades, pueden beneficiarse de una manera unificada que proporcione la
inclusi—n de todos los ni–os y que asegure el Žxito de los ni–os.
Lo que si es claro, y que ya est‡ encaminada, es una tercera generaci—n
de reforma en la que el ni–o, como estudiante, est‡ en el centro de la reforma,
en lugar de una variedad de factores externos o en la que los adultos y sus
roles sean el centro. Reestructuraremos la educaci—n en general y la educaci—n especial espec’ficamente para
cambiar de foco de los adultos o los debates acerca del balance de la
responsabilidad entre la autoridad a nivel nacional, estatal o local, a una que
reconozca que el estudiante es el que produce los resultados educativos.
Las premisas b‡sicas de la educaci—n especial se
reconsiderar‡n y rechazar‡n en esta generaci—n de reforma. Estas premisas incluyen,
primero, que la premisa de las necesidades instruccionales garantiza un sistema
dual de educaci—n. Los ni–os con discapacidades y los llamados normales son
suficientemente diferentes para necesitar programa separados, clases separadas
y aœn escuelas especiales. Esto , creemos, es un error de conceptualizaci—n
(Sarason, 1982). No hay dos tipos distintos de ni–os. Las necesidades de los
ni–os caen en un continuo y no hay un prop—sito œtil para esta dicotom’a. Ahora, esto ser‡ muy dif’cil. Hemos
pasado muchos a–os desarrollando este sistema y hemos convencido a los maestros
regulares que las necesidades de los ni–os discapacitados son œnicas y que
requieren un tipo especial de educaci—n que s—lo los educadores especiales
pueden proveer. Ahora vamos a regresar y decir no, cambiamos de parecer, estos
ni–os estar‡n mejor atendidos por ustedes en su sal—n con nuestro apoyo y
ayuda. Podr’amos anticipar que la actitud de los maestros ser’a de sospecha.
Esta sugerencia de un nuevo papel del maestro regular, por supuesto, se har‡ a
alguien que tiene de por s’ problemas de un sal—n sobrepoblado con bandas y
violencia en la escuela.
La premisa 2 es que el sistema dual es eficiente
(Stainback, Stainback & Buch, 1989). Creemos que este no es el caso. El
sistema de clasificaci—n es solo una etiqueta que se est‡ tambaleando. Y, por supuesto, sabemos que existe una duplicaci—n
importante de programas, servicios y materiales. Podr’amos ahorrar mucho,
incluyendo los recursos f’sicos y materiales, con un sistema unificado en lugar
de uno dual, segregado.
La tercera premisa es de actitud. El sistema dual
fomenta una actitud inapropiada para todos los involucrados. Hemos desarrollado
una actitud caritativa hacia los discapacitados. Se ven como casos de caridad
especial, a los que se destinan programas especiales porque est‡n necesitados y
tienen una condici—n especial. En
el sistema nuevo esta actitud no prevalecer’a. Un sistema en el que cada
ni–o tiene lo que necesita ser‡ visto como m‡s justo, m‡s normal y m‡s esperado.
Esta tercera generaci—n de reformas pondr‡ a los ni–os
en el centro, enfatizar‡ sus
necesidades y se enfocar‡ en los resultados de los estudiantes. Un nœmero de
elementos clave ser‡n necesarios para asegurar el Žxito de esta reforma. El
primero es que los ni–os se ver‡n segœn sus fortalezas en lugar de utilizar el
modelo actual de deficiencias. Se podr’a decir que esta es una
aproximaci—n que tiene m‡s respeto
para los ni–os que el modelo que da seguimiento a los ni–os y los separa con
base en sus problemas que los respeta menos. S—lo cuando los ni–os se ven como
contribuidores positivos y valiosos se pensar‡ que pueden lograr el Žxito en su
escuela y en su vida.
El segundo elemento es involucrar activamente a los
alumnos en el proceso de aprendizaje. La mayor’a de las reformas propuestas
actualmente le da a los alumnos un rol pasivo, son el objeto de ense–anza, son
el recipiente de alguna aproximaci—n nueva. La tercera generaci—n se
estructurar‡ para hacer que los ni–os se involucren activamente en su
aprendizaje. Los alumnos deben tener control de su proceso de aprendizaje.
Debemos reconocer que los alumnos tienen habilidades y que los resultados de la
educaci—n depende de quŽ tanto ÒcomprenÓ el proceso de una manera
significativa. Es mucho m‡s f‡cil ser autoritario y muy directivo en lo que
hacemos. Sin embargo, entre m‡s creemos en nosotros mismos, debemos creer en
nuestros ni–os, los resultados ser‡n mejores, las actitudes m‡s positivas
cuando los estudiantes son activos, tienen control y ven su aprendizaje como
fundamental para sus propias necesidades en lugar de ser una respuesta a un
conjunto desestructurado de expectativas de los adultos.
Esta no es una propuesta radical. Los intentos de
involucrar a los ni–os de maneras m‡s significativas en su propio aprendizaje
no son nuevas. Lo que podr’a ser nuevo es la inclusi—n de ni–os discapacitados
en este escenario. Nuestra inclinaci—n por proteger a los ni–os especiales, es
algo que f‡cilmente se convierte en sobreprotecci—n y en formas m‡s represivas,
no necesitar’a revisarse si los ni–os con discapacidades se benefician de esta
iniciativa particular.
La tercera generaci—n de reformas promover‡ un sistema
œnico, unitario integrado de educaci—n para todos los ni–os. Habr‡
agrupamientos por habilidades, no habr‡ clases especiales o escuelas separadas.
Cuando los ni–os participen en su aprendizaje juntos, cuando ninguno se
excluya, seremos capaces de hacer lo mejor con todos. As’ como somos incapaces
de justificar los diversos tipos de segregaci—n que aparece en la historia de nuestra naci—n que siempre se
ha reflejado en nuestras escuelas (raza e idioma como ejemplos notables),
tambiŽn somos incapaces de justificar un sistema dual que b‡sicamente rechaza a
algunos ni–os separ‡ndolos segœn la premisa de que sus necesidades son tan
diferentes que no pueden atenderse en un sal—n de clases regular. El reto es
considerar lo que es exactamente lo que no puede hacerse en un sal—n de clases
regular. Si pensamos en las dificultades y rechazamos la noci—n de que alguien
se va a resistir o no querr‡ involucrarse en el proceso, o que los padres se
opond‡n por que sus ni–os est‡n en peligro de un abuso, habr‡ muy poco que
decir que justifique la exclusi—n de los ni–os de la educaci—n regular.
El estigma de la separaci—n, el impacto emocional de
ser considerado tan diferente que se le excluye o se le separa, es
suficientemente da–ino, suficientemente devastador para la auto-estima y los
sentimientos de auto-valor de un ni–os para negarle los beneficios que se podr’an
esperar de los servicios que se ofrecen. El sistema dual de educaci—n regular y
especial es caro y no efectivo en
cuanto a costo-beneficio.
Ahora, Àa quŽ se le atribuye la tremenda resistencia a
lo que se llama reforma en la
educaci—n especial? La educaci—n especial se ha ligado a un movimiento social.
Por definici—n, un movimiento social est‡ en riesgo cuando se vuelve exitoso.
La literatura de Psicolog’a social nos dice que los movimientos sociales
exitosos se hacen conservadores, y marcan sus l’mites para proteger sus logros
y perder premura (Lilly & Smith, 1980). La definici—n de Žxito no
necesariamente significa Žxito para los ni–os en este escenario. Podr’a tan
s—lo significar Žxito profesional o un sistema extensivo o burocracia que emplea a mucha gente.
No podemos tomar la posici—n de que colocar a un alumno en educaci—n especial,
particularmente en casos lim’trofes es un hecho err—neo para ayudarle. La
educaci—n especial se ha convertido en una sentencia de vida. Es muy dif’cil
escapar. Y cuando se sale no se est‡ aparentemente preparado para nada en
particular. Tus perspectivas de vida despuŽs de la escuela est‡n muy limitadas.
Ahora, ÀquŽ hacer? ÀC—mo podemos participar en esta tercera generaci—n de la
reforma escolar? ÀC—mo podemos reestructurar la educaci—n especial?
Reestructurar representa una oportunidad excitante
porque nos permite redefinirnos a nosotros mismos y para
que estamos aqu’. Esta es la oportunidad de que la educaci—n especial participe
en el movimiento de reforma de la escuela. Las necesidades de los ni–os con
discapacidades es una parte de la consideraci—n que se hace de la escuela
pœblica y de los cambios necesarios para atender de la mejor manera las
necesidades de todos los ni–os. M‡s aœn, la inclusi—n de estos ni–os y sus
necesidades especiales en nuestros esfuerzos de reestructuraci—n ayudar‡ a
guiar nuestras metas y a conformar
nuestros esfuerzos en el futuro.
No se equivoque, el movimiento de reforma de la
escuela es una muestra clara de que nuestras escuelas necesitan cambiar
porque que lo que estamos haciendo
no funciona como el pœblico piensa que deber’a
funcionar. Adem‡s, la presi—n para
reestructurar la educaci—n especial est‡ basada tambiŽn en la falta de Žxito.
Porque no somos capaces de demostrar la eficacia de la educaci—n especial los ni–os deber’an permanecer en la
educaci—n regular, nunca sacarlos
y cubrir sus necesidades en este escenario. Esto ser‡ en beneficio de
los ni–os y ser‡ en beneficio tambiŽn de quienes nos dedicamos a esta
profesi—n.
Debemos dejar de etiquetar a los ni–os. Estas
etiquetas crean categor’as que no tienen mucho uso instruccional o valor para
los ni–os de manera individual. Gastamos una enorme cantidad de dinero en este
proceso y el retorno de esta inversi—n es limitado.
Debemos medir nuestro propio Žxito midiendo los
resultados de los alumnos. Cuando estos resultados no son los que debieran,
deber’amos ver nuestros propios esfuerzos en lugar de ver a los ni–os.
Deber’amos estar dispuestos a
evaluar los servicios que ofrecemos y hacer cambios cuando nuestros estudiantes no tienen Žxito. El
sistema dual de educaci—n deber‡ reemplazarse por un sistema unificado para todos los ni–os. La educaci—n
regular y la educaci—n especial deber’an unirse. A travŽs de este concepto es m‡s
f‡cil entender y visualizar cuando se piensa en ni–os con discapacidades leves,
tambiŽn se quiere incluir a los que tienen discapacidades moderadas y severas
en un sistema unificado. As’ como no podemos imaginar una familia que excluya o
aisle a un ni–o por su discapacidad, o un cuarto separado para este ni–o para
ver la televisi—n o para jugar lejos de sus hermanos, o viajes separados para
este ni–o y otro para sus hermanos, no podemos continuar imaginando un sistema
escolar que no incluya de manera completa a los ni–os con discapacidades. Las
escuelas deben convertirse en lugares m‡s amigables que respeten m‡s a los
ni–os. Si nos enfocamos en las fortalezas de los ni–os en lugar de sus
deficiencias, si les damos control de su propio aprendizaje, si les aseguramos
el acceso a un programa escolar significativo, entonces tendremos Žxito.
Dr. Stanley L. Swartz, School of Education, California State University
5500 University Parkway, San Bernardino California, 92407-2397
Tel: 909-880-5601, Fax: 909-862-4045
Email: sswartz@wiley.csusb.edu
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